31 de diciembre
31 de diciembre del 2024
He despertado poco después de las siete. Bien. He descansado.
Me he equivocado con el café. Me he dado cuenta cuando estaba a punto de poner la cafetera al fuego.
Hoy descafeinado.
Tengo preparadas las cosas para hacer una quiché de manzana.
Me pondré a ello más tarde.
Son las 8:05.
He visto seco el suelo delante de casa. Me alegro. La humedad, cuando la hay, es muy desagradable, y aumenta la sensación de frío.
Como siempre, he dejado ventilando el salón.
Ayer encargamos para hoy. Lubinas y bacalao. Cuatro tipos de croquetas.
Tose L.
Espero que pronto mejore.
La gripe.
Hay algo que me ha llamado la atención este año. Esas personas que preparan hermosos cuadernos para dejar sus anotaciones sobre libros que supongo leen durante el año. Hoy deben estar cerrando su testimonio.
Nunca he conseguido utilizar una agenda. Mis notas se van desperdigando.
Tengo cantidad de ellas impolutas, porque me pirran. Sobre todo las que regalan con revistas que no suelo adquirir.
Ya ando mirando, mientras espero que L coja su diario. Ella lee a diario en papel. Está subscrita. En casa se van amontonando los periódicos.
Hay vecinas que se los piden, para el perro.
Nosotras guardamos unos cuantos.
Van bien para salvaguardar el suelo de la cocina cuando los fritos salpican aceite, oro vegetal que cada día está más caro.
No freír sanea el bolsillo y mejora la salud.
Ya no hacemos patatas fritas. Las hervimos con piel. Son mis preferidas. Las que sobran van a la nevera.
Pocas veces nos damos el lujo de preparar huevos fritos (rotos).
Rompes la cáscara, evidente, pero a mí nadie me quita de nombrarlos como fritos. Mis preferencias son ponerlos a hervir, en ese caso los nombro como duros. Días atrás saltó el tema con A, que aún no había cumplido los 13, para él decir ‘duros’ era una imprecisión. Le enseñan cocina. Eso está bien.
Miro fuera y veo que clarea.
Mi vista es un horizonte tras la ciudad de Vigo. La ría. El mes que viene nos mudamos. Ya no veremos esas vistas. Tendremos que acercarnos a esos puntos de la ciudad en que se puede ver la otra orilla o las Cíes.
Un lujo que ha durado desde pocos días antes del encierro por COVID y fin de contrato de alquiler. La paga, de las dos, se va en hacer el cambio.
No sólo sube el precio de los alquileres. Ir de un sitio a otro cuesta su pasta.
La cuerda floja que nos desgasta.
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