Lutos

 


Los lutos familiares eran muy estrictos en las mujeres. Mi madre y mi abuela.

Mamá dejó de cantar cuando murió el abuelo Francisco.

Fue un golpe para ella. No había llegado a los ochenta. Entonces, si alguien superaba la setentena se le consideraba longevo.

En mayo, de ese mismo año, se casó Manolita en Barcelona.

En febrero ocurrió la tragedia. Enfermedad, cama, muerte y sepultura.

Mis recuerdos del abuelo son de antes de los cinco años. Son claros.

Su presencia, su amor.

No éramos los primeros, pero creo que mamá era su favorita.

No me recuerdo de negro.

Mi madre hablaba de unas amigas suyas que separaron la infancia de negro. O quizás de luto aliviado por corto tiempo.

Mamá adelgazó. En junio de ese año, en nuestra primera comunión, ella seguía en duelo y enlutada.

Había unos pañuelos tupidos que usaban para cubrir la cabeza.

Por entonces, en otros sitios la gente iba menos enlutada, pero Tardienta y Huesca tenían usos más restringidos.

He venido a escribir al respecto, recordando que me vestí con mi mejor gala, para la ceremonia y entierro de mi tío preferido, Pepe, el marido de mi tía. Al que siempre adoré.

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